|
En este espacio siempre los he
invitado a realizar un viaje imaginario a través del Cosmos de
la mano del conocimiento, herramienta que nos permitió
asombrarnos y aprender algunos de sus innumerables secretos.
Pero hoy, el viaje será mucho más cerca pues nos quedaremos en
casa, sí aquí, en La Tierra, en este único, bellísimo e
inigualable mundo sobre el cual hace más de 4 mil millones de
años se produjo el maravilloso fenómeno de la Vida. Recordemos
sintéticamente cómo fueron los orígenes.
Todo lo que conocemos incluidos
nosotros mismos, surgimos de una nube cósmica; un gigantesco
disco de gas y polvo en rotación que de pronto comenzó a
condensarse y desde su centro se formó nuestra estrella, el
Sol. De los anillos circundantes surgieron los planetas, entre
ellos La Tierra.
La primitiva prototierra
condensó en sí misma los elementos más pesados del Sistema
Solar interior, y fue tomando forma, siendo para entonces un
mundo ardiente. El tiempo transcurrió y el abrasado planeta se
fue enfriando paulatinamente hasta que la temperatura descendió
lo suficiente como para permitir que la corteza se endureciera
formando una frágil corteza. Más tarde entraron en acción los
volcanes y gracias a sus emisiones gaseosas se fue conformando
una atmósfera primitiva que luego lentamente fue evolucionando
y cambiando junto con la aparición de la actividad biológica.
A medida que esos gases
atmosféricos se condensaron, empezaron a precipitarse al suelo
originando las primeras lluvias que fueron torrenciales e
ininterrumpidas por un período extensísimo, en el transcurso
del cual, el AGUA se fue acumulando y acumulando comenzando a
llenar las depresiones de la superficie. Nacieron así los
océanos primitivos y el planeta otrora hirviente y rojo… se
tornó azul. Habrán notado que escribí la palabra AGUA en
mayúsculas, eso es porque será la protagonista principal de
esta nota.
Veamos algo más sobre La Tierra.
Es el tercer planeta en orden de distancia desde el Sol, forma
parte junto con Mercurio, Venus y Marte, de los llamados
planetas sólidos, y es el único en albergar, por lo que
sabemos hasta hoy, formas evolucionadas de vida. Vista desde el
espacio, La Tierra se presenta como un planeta de un intenso
color azul en virtud de su capa atmosférica y al hecho de que
dos tercios de su superficie están recubiertos justamente por
agua. Pincelado aquí y allá se ven también vaporosos
manchones blancos que deambulan por la esfera; se trata de
imponentes sistemas nubosos que se forman por la evaporación de
las aguas, gracias a los cuales no se acaba el sistema de
circulación atmosférico que caracteriza las diferentes
estaciones del año.
Nuestro planeta tiene en verdad
un nombre indebido, pues si el Hombre hubiera sabido realmente
como era podría haberlo bautizado "Océano" o
simplemente "Agua", dado que las enormes extensiones
del vital y cristalino elemento cubren el 71% de la superficie
planetaria. Ciertamente La Tierra es un planeta acuoso, único
en este aspecto en todo el Sistema Solar, y quizás único en
quien sabe cuántos otros posibles sistemas planetarios del
Universo.
Sólo La Tierra en el conjunto
del Sistema Solar, está bendecida con el Agua en sus 3 estados.
Mercurio es demasiado pequeño y caliente como para sostener una
atmósfera y en consecuencia un océano; Venus es también muy
caliente (500°C en superficie) y apenas tiene rastros
extremadamente tenues de vapor de agua en su infernal atmósfera
de ácido sulfúrico concentrado; Marte posee tímidas trazas de
vapor de agua y posiblemente algo de hielo en los polos, pero no
dispone de agua líquida, el estado imprescindible para
sustentar la Vida tal como la conocemos sobre La Tierra. Los
ríos, lagos, cascadas, mares, y océanos de nuestro planeta son
pues únicos en el Sistema Solar y existen porque La Tierra
tiene la combinación precisa de factores como composición,
distancia al Sol y temperatura entre otras características
físico-químicas, como para producir y retener el Agua en sus
tres estados: líquido, sólido y gaseoso.
Respecto a la temperatura de La
Tierra, fluctúa dentro de los estrechos márgenes en los cuales
el agua permanece en estado líquido, es decir entre 0°C y
100°C, los extremos fuera de los cuales el agua o se congela o
se evapora. Como ven, el equilibrio creado por la Naturaleza
sobre nuestro mundo es evidente y asombroso, dado que en los
vastos ámbitos del Universo las temperaturas tienden a los
extremos, hacia el cero en los infinitos espacios
interestelares, y a decenas de millones de grados dentro de las
estrellas; las temperaturas intermedias son en extremo raras.
El volumen de toda La Tierra es
ínfimo comparado con el volumen oceánico, sirva como ejemplo
que el pico más elevado del planeta situado en el Himalaya, el
Monte Everest de 8.848 m de altura, podría hundirse sin dejar
rastro dentro de la Fosa de las Marianas, de 10.860 m de
profundidad, localizada en la parte occidental del Océano
Pacífico. Cordilleras montañosas submarinas enteras escaparon
a nuestra atención hasta hace pocas décadas, y existen aún
numerosos hábitats y seres submarinos que aún desconocemos.
El Agua parece haber sido creada
ex profeso para hacer de este mundo un lugar hospitalario y apto
para la Vida, y el agua forma parte tan importante de nuestra
vida que negar su importancia sería una presunción tan errada
como estúpida. Ni bien nos levantamos de dormir entramos en
contacto con el agua. Al asearnos, al cocinar, al regar nuestros
jardines y cultivos; cuando tomamos mate, cuando lavamos la
ropa, la vajilla, el auto; cuando damos de beber a nuestros
animales, cuando pasamos una apacible tarde contemplando nuestro
verde y fresco río, siempre el Agua está presente. Teniendo en
cuenta todo esto, ¿no deberíamos detenernos unos instantes a
reflexionar sobre la enorme importancia de cuidar y preservar
este vital recurso? De eso se trata la segunda parte de esta
nota que los invito a leer en la siguiente entrega.
|