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JULIO
MARÍA SANGUINETTI (Ex Presidente de la República Oriental del Uruguay)
Alguna vez alguien dijo que los países podían clasificarse en cuatro
categorías: primero, los desarrollados; luego, los subdesarrollados; tercero, Japón, que
no puede explicarse que sea desarrollado, y, finalmente, Argentina, que nadie puede
explicar cómo es subdesarrollado.
Más allá del humor negro, hay una aguda observación. No es sencillo
explicar cómo el Japón, una isla sin recursos naturales, con una estructura social
tradicional basada en una rígida estructura familiar y un gobierno de 'los viejos' llegó
a ser la segunda potencia capitalista. Tampoco resultan muy a la mano las explicaciones
sobre la Argentina, que es lo opuesto. Un magnífico territorio, con todos los climas;
recursos naturales notables, desde gas y petróleo hasta ríos y tierras; una población
con un nivel cultural promedio elevado, espíritu de iniciativa, inquietud. Es
verdad que hoy día disponer de recursos naturales ya no tiene el valor de antes, pero que
de las entrañas de la tierra surja la energía, o que una ubérrima pampa húmeda posea
el máximo de fertilidad, o que los ríos montañosos permitan construir con facilidad
represas, no deja de ser una gran ayuda.
La particularidad
histórica de la Argentina es que 'fue' desarrollada. Raúl Alfonsín, en un libro
titulado La cuestión argentina, dice que en 1880 pocos podrían haber adivinado que aquel
país deshabitado y convulsionado sería 50 años después el más desarrollado de
América Latina y uno de los más ricos del mundo; del mismo modo, pocos podrían haber
predicho que el país próspero y democrático de 1930, 50 años después sería un país
arrasado por la intolerancia y la decadencia económica.
Recientemente,
Mariano Grondona recordaba que en 1908 la Argentina tenía un producto por habitante
superior a Alemania, Japón, Francia, Suecia, Holanda y, por supuesto, de lejos mayor que
Italia y España. Sólo siete países encabezados por Gran Bretaña y Estados Unidos le
superaban. Y evocaba que en 1928, en los preludios de la gran crisis mundial, la Argentina
estaba en el duodécimo lugar, todavía muy por encima de Japón, Suecia, Austria y,
naturalmente, Italia y España. Si la Argentina, concluía, siguiera en el puesto
duodécimo de aquel 1928, tendría hoy un producto por habitante de 26.000 dólares,
cuando el que posee es inferior a 8.000.
Lo curioso es
que cuando se llega a Buenos Aires y se recorren sus magníficas plazas, bordeadas de
palacetes de la belle époque, se ven llenos sus restaurantes, donde el buen gusto
rivaliza con la sofisticación gastronómica, se lee la cartelera de exposiciones en
museos y galerías de arte o de espectáculos teatrales y musicales, se tiene la
sensación de que la vieja Argentina sobrevive. Podría sospecharse, sin embargo, que los
grand y petit hotel son sólo vestigios históricos; sin embargo, bastará recorrer la
expansión edilicia deslumbrante del Puerto Madero, reciclando hacia la posmodernidad un
abandonado recinto portuario u observar cómo se levantan dos vanguardistas museos
privados, Constantini y Fortabat, para reavivar esa sensación de estar en un país culto
y dinámico. No obstante, si hablamos con los hombres de empresa o los funcionarios que
entran y salen de esas resplandecientes torres, nos encontramos con un país enfurruñado,
descreído de su futuro, agobiado por reiterados ajustes económicos que no terminan de
cuajar. Ellos nos hablan de una agropecuaria endeudada, de una industria cuasi quebrada,
de una clase media que no siente un destino para sí misma, de una pobreza creciente. Son
gente inteligente, de la que sobra en la Argentina, país de talentos en todas las
disciplinas, aun las científicas.
El
cuestionamiento no es igual al de aquellos países, los centroamericanos por ejemplo, que
nunca fueron. El problema es que la Argentina 'fue' y ya no es. O no siente que es.
La Argentina
creyó que era rica, y lo era, efectivamente, cuando la ganadería y los cereales
brillaban más que el oro. Pero hoy ya no es así. Y la sensación de opulencia fue sólo
embriaguez pasajera en los tiempos de la industrialización a la fuerza o la
privatización acelerada.
Las
explicaciones menudean. Se menciona la corrupción, pública y privada. La falta de
garantías jurídicas para la inversión. La debilidad de un empresariado nostálgico del
proteccionismo. La mediocridad de una vida política canibalista en que los unos se
devoran a los otros. La inestabilidad de políticas económicas que se desvanecen detrás
de cada cambio ministerial. Quizás haya algo de todo ello en una cara de la medalla, pero
en la otra bien podrían ponerse ejemplos de honradez y eficiencia.
Una complejidad
semejante no acepta explicaciones fáciles, ni eslóganes imaginativos, ni recetas
mágicas que puedan pedirse o darse desde el medio político. Cualquiera que sea el rumbo
que se tome, la Argentina tendrá que pasar por un reconocimiento profundo de su realidad.
Que es la de un país que en los últimos 30 años apenas ha crecido económicamente, que,
por lo tanto, no ha mejorado su distribución de riqueza, que ha vivido horribles tiempos
de violencia, violencia guerrillera, violencia de Estado, y que tiene que proseguir un
proceso de modernización apenas iniciado. Y, sobre todo, recuperar la fe en sí mismo. La
fe y la ética de trabajo que tuvieron los inmigrantes que en el siglo XIX llegaron de
España e Italia con una mano detrás y otra delante, y construyeron su grandeza.
La Argentina ya
no es rica, porque hoy ser rico es poseer capital científico, propiedad tecnológica,
know how, ventajas competitivas y no sólo recursos naturales. Pero tampoco es pobre,
porque tiene gente capaz, infortunadamente muy desconcertada y dividida. No tiene por qué
resignarse a un destino mediocre una nación con capital humano y tantos focos de
modernidad que hoy ya refulgen. No tiene por qué. Pero ello pasa por dejar de soñar en
lo que 'fue' para construir hoy lo que 'es'; por no escuchar a los médicos brujos que
cada tanto le instalan la ilusión de un mágico elixir que recupera la prosperidad
perdida.
Nota UG: Publicado en el diario El
País (de España)Gracias Sra. Pastora Graciela Romano |