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Los hijos |
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Hay un período en el que los padres
quedamos huérfanos de nuestros hijos; es que ellos crecen independientemente
de nosotros, como árboles murmurantes y pájaros imprudentes. Crecen sin
pedir permiso a la vida, con una estridencia alegre y a veces, con alardeada
arrogancia. Pero NO crecen todos los días; crecen de repente. Un día, se sientan cerca tuyo y con increíble naturalidad, te dicen cualquier cosa que te indica que esa criatura, hasta ayer en pañales y pasitos temblorosos e inseguros, creció. ¿Cuándo creció que no lo percibiste?... ¿Dónde quedaron las fiestas infantiles, los juegos en la arena, los cumpleaños con payasos? Crecieron en un ritual de obediencia orgánica y desobediencia civil.
Ahora estas ahí, en la puerta de la disco, esperando ansioso, no sólo que
no crezca, sino que aparezca...
Y aquí estamos nosotros, con el pelo cano...
Hay un período en que los padres vamos quedando huérfanos de hijos; ya no
los buscamos en las puertas de las discotecas y los cines.
Algunos, deberíamos haber ido más junto a su cama, a la noche, para oír
su alma respirando, conversaciones y confidencias entre las sábanas de la
infancia; y cuando fueron adolescentes, a los cubrecamas de aquellas piezas
cubiertas de calcomanías, posters, agendas coloridas y discos
ensordecedores. Después llegó el tiempo en que viajar con los padres se transformó en esfuerzo y sufrimiento: no podían dejar a sus amigos y a sus primeros amores. Y quedamos los padres exiliados de los hijos. teníamos la soledad que siempre habíamos deseado... Y nos llegó el momento en que sólo miramos de lejos, algunos, en silencio, y esperamos que elijan bien en la búsqueda de la felicidad y conquisten el mundo del modo menos complejo posible. Gracias Sra. Graciela Pérez |
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