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Postales del Ayer - Comienza el viaje
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     Que larga de hace la noche hasta encontrar la madrugada, sobre las sábanas arrugadas lucha el ansía contra el sueño, este tarda pero al final vence. Por fin el reloj despertador grita las cinco menos cuarto de la mañana, arriba a levantarse que comienza la aventura esperada, buscada por meses.
     Ya esta preparado el equipaje al lado de la cama, una vieja valija marrón de cartón, sin llave, ajustada por un cinturón de quien sabe. Dos pantalones, dos remeras, un pulover, algunas medias, dos calzoncillos y un Patoruzú para leer en el viaje son su contenido. No debo olvidarme de cargar los dos sanguches de milanesas que me preparó mamá y dejo entre dos platos invertidos sobre la mesada, la Coca de litro en envase de vidrio que hay devolver, cuando regrese, a Mario el almacenero, la radio portátil Continental que me regaló una tía para mi cumpleaños y la Kodak Fiesta con un rollo color de doce fotos.
     En casa todos duermen, ya nos despedimos anoche después de la cena con un montón de recomendaciones, de saludos para los parientes y un beso que solamente en las despedidas nos damos. Papá ya me había dado el dinero que me alcanza para el pasaje de ida y vuelta, para alguna revista, alguna gaseosa, y bien administrado quizás para una entrada al cine de Huanguelén el pueblo adonde voy. Pobre viejo tanto esfuerzo y alcanza para tan poco.
     Con la valija, el ansia y catorce años luego de cerrar la puerta y guardar la llave bajo una maceta para que mamá la encuentre cuando se levante, salgo por el portillo a la calle, al mundo oscuro y fresco de una madrugada de enero de 1967.  Dos cuadras me separan de las la calles 14 y 56 donde para el colectivo. Dos cuadras de tierra, con mucha vegetación, sin veredas, alumbradas por pobres focos en cada esquina. Como hombre no debo tener miedo pero por las dudas voy bien por el medio de la desierta calle.
     La parada de colectivos, un precario refugio de material sin revocar, está sobre la vereda de la estación de servicio Esso que abre cerca de las 6 de la mañana, es testigo de mi impaciencia a la espera del 8 o el blanquito, cualquiera de los micros que me llevarán hasta la estación Berazategui. A lo lejos se ven venir luces, será el colectivo?. No es un auto. Se repite la misma situación dos o tres veces hasta que finalmente es el blanquito, un micro de la línea 19 y encima el interno 80 del cual tanto me gusta su diseño. Subo y saco boleto con las monedas ya preparadas en el bolsillo del vaquero. Como trae pocos pasajeros, por la hora, me acomodo en un asiento doble al lado de la valija. El viaje es de unos diez o quince minutos, las calles van ganado el luminosidad en la medida que nos acercamos al centro.
      Cuando llegamos las barreras del ferrocarril sobre la calle 14 están levantadas, al cruzar el paso a nivel se ve viniendo desde el sur la potente lejana luz del tren que debo tomar hasta Plaza Constitución, aunque tengo tiempo me apuro en bajar del micro, sacar boleto en la estación y atravesar las vías por el puente de hierro para esperar en el andén.
      Está por comenzar la segunda etapa de la aventura, hasta Berazategui había viajado muchas veces solo, hasta Constitución pocas, hasta Huanguelén nunca.
      Llega la luz lejana acompañada de ruido y temblores fabricados por la pesada locomotora diesel y los nueve coches holandeses marrones con la inscripción EFEA, Empresa de Ferrocarriles del Estado Argentino, subo, siempre en compañía de mi valija marrón de cartón y mi radio portátil.
      Comienzo a pensar cuantas estaciones me separan de la gran aventura, Ezpeleta, Quilmes, Bernal, Don Bosco, Wilde, Sarandí, Avellaneda, Irigoyen y Plaza Constitución. Una a una el tren las va dejando atrás. Una a una suma gotas de nostalgia que empiezo a sentir por mamá, por papa, por mí hermano.

MMG